No hay amor imposible. Relato de D. Juan Madrigal de Torres

D. Juan Madrigal de Torres, asesor facultativo de la Dirección General de Medio Ambiente y secretario de la CARMA, nos hace llegar un breve relato escrito con un grandísimo cariño hacia la biodiversidad, acerca del garbancillo de Tallante y la manzanilla de Escombreras, animando a los responsable de la conservación de ambas especies a continuar con su magnífica labor.

UN AMOR IMPOSIBLE

No quedaba tan lejos aquel tiempo en el que la melancolía embargaba a uno de los últimos garbancillos de los cerros volcánicos de Tallante, cuando la tristeza le rompía el corazón y su cabeza se llenaba de pensamientos sombríos.

Este Garbancillo del Cabezo Negro rememoraba ahora con alegría el resurgir de su especie tras la aparición de aquellos hombres y mujeres de ciencia, amantes de la naturaleza, que decidieron  llevar a cabo un proyecto LIFE para la conservación de la biodiversidad. Los cambios producidos desde entonces  fueron tantos, tan seguidos y tan rápidos que aún no podía creerlos. Sin saber muy bien  cómo, pero desde luego con la intervención entusiasta de esos y otros hombres y mujeres, habían aparecido multitud de congéneres con los que compartir su existencia y disfrutar de las bondades de la vida.

Los agricultores y vecinos se volcaban en la atención de sus necesidades, les proporcionaban agua, ahuyentaban a los conejos que hurgaban en sus raíces y  hablaban de ellos con afecto, incluso  les oyó decir que el paraje empezaba a ser conocido como las tierras del garbancillo y que su diseminación estaba siendo una fuente de riqueza y orgullo para todos. Era frecuente la visita de grupos de personas que les observaban con admiración por haber sobrevivido a un tiempo difícil en el que los hombres  habían olvidado su deber de protección de la naturaleza y de preservación de todas sus especies.

Sólo le faltaba para alcanzar la felicidad completa encontrar el amor. Todos le decían que era joven y que ya aparecería ese ser ideal al que entregar su corazón.

Una tarde de primavera apareció por la falda del monte un grupo de personas con el aura característica de los científicos, en la que se apreciaba paciencia y tesón, altura de miras y sentimientos elevados, capacidad de sacrificio, generosidad y voluntad de mejorar el mundo. Hablaban entre ellos de la necesidad de hacer lo mismo que se había hecho en Tallante con una planta a la que llamaban manzanilla y que habitaba en el Valle de Escombreras. Que no podía ser que se extinguiese sin que la gente hiciera nada, que había que movilizar a las autoridades y a los ciudadanos para obtener recursos y apoyo.

El Garbancillo, que había concentrado toda su atención en la conversación de los científicos, empezó a pensar en esa planta que llamaban manzanilla y que, no muy lejos de allí, estaría sufriendo la pena que el mismo padeció cuando estaba convencido de la desaparición de su especie.

Estos pensamientos hicieron brotar un sentimiento de empatía cargado a su vez de interrogantes: ¿cómo sería la manzanilla? ¿tendría flores hermosas? ¿sería amable o fría como las rocas en la noche? ¿ hablaría el lenguaje del corazón  o no creería en el amor?

Poco a poco le invadió un cosquilleo y la savia que recorría su cuerpo entró en ebullición. Qué raro pensó, ¡qué será esto que me pasa que no puedo parar de imaginarme como será esa manzanilla y que ardo en deseos de conocerla!

Un tiempo después, justo al amanecer, presenció un debate entre dos científicos, un hombre y una mujer, que habían subido a la montaña  y hablaban de las diferencias entre las distintas especies de plantas silvestres. El hombre decía que los  garbancillos eran leguminosas herbáceas y se reproducían tras caer por gravedad sus frutos y permanecer enterrados una vez desaparecida la planta, para rebrotar con un cuerpo nuevo y fortalecido, a diferencia de las manzanillas que eran asteráceas anuales y  se reproducían al volar sus semillas reencarnándose en el nuevo ser que surgía cuando brotaban.

La mujer, que portaba una lámina con la foto de una manzanilla, comentó que eran especies incompatibles, que no sería viable la hibridación, que la relación entre ambas especies era un amor imposible.

El garbancillo no daba crédito, había muchas cosa que desconocía sobre las diferencias entre los seres vivos pero sí estaba seguro de una cosa, lo que movía de verdad el mundo era el amor, y no quería creerlo, pero los sentimientos que albergaba hacia la manzanilla que había visto en la foto, si no eran el amor, eran lo más parecido al amor que había sentido nunca por otro ser y nada de lo que los científicos dijeran podría cambiar eso. En esas cuitas estaba cuando se inició el proceso de pérdida de follaje y retraimiento a las entrañas de la tierra volcánica impuesto por su ciclo vital.

Tras permanecer escondido en la tierra siguiendo el mandato que la naturaleza había impuesto a los de su especie, el Garbancillo brotó de nuevo y volvió a ver la luz en una ceremonia que venía repitiéndose desde que se originaron las especies y que, pese a que se rozó la tragedia, gracias a unos pocos científicos nobles seguiría reproduciéndose salvo que  los hombres volvieran  a su destructora y codiciosa explotación irracional de los recursos naturales.

Al mirar a su alrededor el Garbancillo vio una planta que antes no estaba. Al fijarse detenidamente el corazón le dio un vuelco, la Manzanilla de sus sueños  estaba junto a él. La naturaleza continuaba su interminable carrusel y se había obrado el milagro. No podía creer que desde  Escombreras hubiera llegado la semilla hasta allí, pero no era una alucinación era una realidad tangible, ahí estaba el amor de sus sueños.

En un alarde de valor se dirigió a ella expresándole sus sentimientos y hablándole de su estirpe, y de los sufrimientos del pasado. Ella enseguida reconoció a su alma gemela, ese ser  al que hacer partícipe de sus dolorosos recuerdos sobre el abismo de la extinción. La pasión hizo el resto.

Pese a los vaticinios de los científicos alumbraron una nueva especie que las generaciones futuras conocerían como GARBAMAN, híbrido resultante de garbancillo y manzanilla,  dotado de poderes extraordinarios como la facultad de reproducirse por el aire y por gravedad, nueva especie inextinguible fruto de un  amor imposible.

Juan Madrigal de Torres

 

“A mis amigos Juanjo, María José y Esteban por su inapreciable contribución a la conservación de la biodiversidad.”

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Relato de D. Juan Madrigal de Torres al Garbancillo de Tallante

EL GARBANCILLO QUE NO QUERÍA VIVIR

Cuando en una calurosa tarde de primavera se levantó una suave brisa mediterránea que recorrió todo el Cabezo Negro de Tallante, el Garbancillo comenzó a recordar aquel tiempo en el que había perdido las ganas de vivir.

En aquella no tan lejana época resultaba difícil que algún ser humano reparase en su existencia pues era de los últimos de su especie y sólo quedaban vestigios de su pasado en los libros de botánica. Los hombres, víctimas de su propia soberbia, hacía años que no respetaban las sagradas reglas de convivencia con los demás seres vivos y, guiados por su afán de desarrollo a ultranza, se entregaban a la explotación irracional de todos los recursos naturales, olvidando que de esta forma jugaban con su propia supervivencia.

El Garbancillo pensaba entonces que lo mas terrible de su situación no era la soledad como planta silvestre única, a la que ya se había acostumbrado, sino saber que tras él no habría otros que mantuvieran su estirpe y siguieran prestando su polen y sus semillas a las abejas y otros animales alados para continuar esa amable relación de colaboración mutualista que se había iniciado en el albor del mundo.

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